Después de lo vivido, es natural sentirse inquieto/a. No hace falta que sepas por dónde empezar: elige cualquiera de estas cuatro herramientas y permítete ir a tu ritmo. Solo necesitas tu cuerpo y unos minutos.
El cuerpo no distingue entre el peligro real y el recuerdo del peligro. Esta respiración le ayuda a entender que ahora mismo estás a salvo.
Toca el botón cuando quieras comenzar, y solo sigue el ritmo del círculo.
Repite esta frase con cada respiración:
Este ejercicio te ayuda a conectarte con tu presente. Cuando algo fuerte nos pasa, la mente puede quedarse atrapada en ese momento, aunque el cuerpo ya esté en otro lugar y a salvo. Nombrar lo que ves, oyes y sientes ahora mismo le recuerda a tu mente que ya no tiene por qué temer. Ahora concéntrate en el lugar en el que estás, y nombra despacio:
Y repite:
Cuando alguien que queremos sufre, sabemos consolarlo sin pensarlo: nos acercamos, lo abrazamos, le hablamos con calma. Este ejercicio es darte a ti ese mismo cuidado que le darías a alguien más. Este contacto activa una respuesta de calma en el cuerpo, así que pon una mano sobre tu pecho y la otra encima. Siente su peso y su calor. Respira lentamente y quédate ahí el tiempo que necesites para volver a ti.
Y repite:
Cuando algo se siente demasiado intenso, este movimiento ayuda a que la sensación baje de a poco. Cruza los brazos sobre el pecho, coloca cada mano en el hombro contrario, y da golpecitos suaves y alternados, como el aleteo lento de una mariposa. 30 a 60 segundos, tantas veces como lo necesites.
Y repite: